Barca_antigua_río_Tajo

el
río de
ayer

 
 

Éramos pequeños, todos en el pueblo éramos pequeños. Allá por las fechas del día de Santiago, o más a mitad del verano, con los tractores y los remolques...¡bajábamos!.

Sí, en nuestro pueblo ir al río, se dice bajar al río, bajar a la rivera, bajar a la cuenca, bajar a la orilla. Hay un cierto desnivel abrupto cuando nos acercamos a las aguas del tajo.

¡Tú trae la carne!, ¡yo me llevo el vino y las bebidas!, ¡no te olvides de la soga y las ruedas del tractor!..... ¡aquella cuadrilla que se vaya en el remolque, con Juan, y los críos que no vayan solos!, ¡solos en el remolque NO!.

 

Hace años, hace muchos años, digamos que a mitad de cada verano, organizábamos los baños. Para nosotros, chavales de diez o quince años era un día de los que no se olvidan y para nuestros padres, nuestras familias un día de especial cuidado, el río podía ser traicionero, llevaba mucha agua y había remolinos y….. !!!!! teníamos que cuidarnos todos¡¡¡¡

 

Bajábamos dos o tres remolques con todos los amigos de la cuadrilla y nuestras familias, los remolques llenos de chavales, llenos de sacos, llenos de comida, mantas y juguetes que casi nunca utilizábamos, porque la aventura de buscar princesas en el bosque y barcos de piratas en las aguas….eran mas sugerentes, cautivadoras y seductoras que todos los juguetes del mundo.

 

Al llegar, Juliana y otros dos o tres hombres, cruzaban el río de orilla a orilla y ataban una gruesa soga de lado a lado, una soga fuerte, larga, segura, una soga a la que estábamos obligados a sujetarnos cuando nos metíamos en el agua la chavalería, para evitar desgracias, alguno de mis amigos se soltaba y se atrevía a nadar cerca de la orilla caudalosa que por aquel entonces tenía el Tajo.

 

En la ribera había vegetación, árboles, plantas y animales, y recuerdo que en el río, ya dentro, atados a la sogas, se rozaban por nuestras piernas peces que nadaban libremente por sus aguas. ¡Menudo susto!, todos los años pasaba igual y salíamos asustados a la orilla porque no sabíamos lo que nos había tocado en las aguas. Nuestros padres se reían, seguros de que “aquella enorme serpiente que nos había tocado”, no era otra cosa que alguno de los muchos peces que por entonces había en las aguas del Tajo.

 

Río de aguas transparentes, de corrientes, de aguas limpias, de árboles frondosos por los que jugábamos y nos escondíamos los amigos de la cuadrilla, buscando algún castillo encantado o alguna princesa prisionera, mientras los padres nos llamaban interrogándose donde estábamos.

 

A alguno que no sabía nadar y se asustaba de la corriente, le ataban una rueda de tractor enorme, en la orilla, para así poderse agarrar a ella, o metido dentro de la rueda y poder medio navegar por el agua... creyéndose un barco de piratas en mitad de una pelea corsaria.

 

Después, la comida, entre baño y baño, y tras ella las dos horas reglamentarias para hacer la digestión en las que los amigos, niños en aquella época, aprovechábamos para guerrear entre los árboles en busca de alguna culebrilla o algún animal enorme que apareciese de repente, pero la verdad, no encontrábamos dragones, solo algún jabalí lejano y alguna liebre escurridiza que se dejaba ver en plena carrera, mientras alguno de los perros que habíamos traído con nosotros, corría tras ella.

 

A la tarde, más baños, con nuestras sandalias para no hacernos daño con las piedras del fondo, aferrados a la soga o caminando por las orillas donde se veía el agua clara, rápida, con olor a río de aquel entonces.

 

¿Dónde estáis?, nos gritaban, ¡venid aquí, no os vayáis lejos! . Y así medio guerreando por las orillas de aquel cauce, que a nosotros nos parecía enorme, fuerte, rápido, lleno de corrientes y remolinos, así pasábamos la tarde.

 

¡A desatar la soga, venga! .Cuando oíamos esta frase, significaba que el día en el río había acabado, recogíamos, nos ponían la merienda, todos mojados hasta los huesos después del último baño del día, y para el pueblo, en los remolques, sentados o tumbados en sacos de paja, cantando o contando las aventuras del día de baños en el río, en el que no aparecieron dragones, ni princesas, ni barcos de piratas en las aguas escondidas, pero había sido un día inolvidable de baños.

 

Ahora ya esto no sucede, nos quedamos casi sin río y sin barcos de bucaneros, ni princesas en el bosque, sin culebrillas, sin peces grandes que nos rozaban las piernas, sin aguas caudalosas, sin baños.​